Tenancingo: territorio de memoria, mujeres y reconstrucción desde lo cotidiano

Tenancingo es un nombre que guarda memoria. Entre montes, palma tejida y caminos que susurran historias antiguas, este municipio vuelve a levantarse una y otra vez, sostenido en gran parte por las manos y la constancia de sus mujeres.
Tenancingo

Ubicado en el departamento de Cuscatlán, Tenancingo dialoga con distintos territorios: limita con Cinquera y Suchitoto al norte; con Santa Cruz Michapa y Monte San Juan al sur; con Tejutepeque e Ilobasco al este, y con San Pedro Perulapán al oeste. Con 38.33 km² de extensión, distribuidos entre cantones y caseríos, es un municipio donde la ruralidad no solo es paisaje: es identidad, es economía y es raíz.
La amplia mayoría de su población vive en comunidades rurales, donde la vida se organiza con un fuerte sentido comunitario y un profundo vínculo con la tierra.

Un territorio que carga memoria y la devuelve en forma de comunidad
Tenancingo es un lugar marcado por el desarraigo y la reconstrucción. Quienes lo habitan recuerdan que, durante el conflicto armado, muchas familias tuvieron que abandonar sus hogares. Años después, fueron otras familias —acompañadas por organizaciones solidarias, comunidades de fe y esfuerzos colectivos— quienes regresaron para repoblar y reconstruir el territorio.
Por eso, Tenancingo no solo es un municipio: es un testimonio de retorno, de memoria y de comunidad que se niega a desaparecer. 

 

El tejido económico que sostienen las mujeres
Tenancingo intenta mantener viva una tradición que fue orgullo familiar y sustento económico: la elaboración de sombreros de palma. Este oficio —heredado, colectivo y profundamente artesanal— es un saber que muchas mujeres continúan practicando, aunque hoy compita con mercados inestables y con la necesidad de generar ingresos más inmediatos.

Las mujeres de Tenancingo sostienen la economía desde múltiples frentes:

  • Realizan trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, pilar invisible que permite que los demás trabajos existan.
  • Apoyan en actividades agrícolas familiares, especialmente en siembra, cosecha, preparación de alimentos y comercialización de pequeños productos.
  • Elaboran sombreros de palma y otras artesanías, una labor minuciosa que requiere tiempo, concentración y destreza.
  • Algunas trabajan como bordadoras a domicilio para la maquila textil, trabajo que deben cumplir en tiempos cortos, muchas veces sacrificando descanso para completar la producción.

A través de estas actividades, las mujeres generan ingresos que sostienen a sus familias, aunque estas labores rara vez sean reconocidas como “trabajo” en términos formales.
Las mujeres de Tenancingo cargan con dobles y triples jornadas, combinando la producción artesanal, el trabajo agrícola o con el cuidado de niñas, niños, personas mayores y del hogar.
Este ritmo trae cansancio físico y emocional, pero también una enorme capacidad de resiliencia y creatividad: las mujeres buscan formas de salir adelante sin dejar caer lo colectivo.

“En Tenancingo, las mujeres tejen palma, pan y palabra; de sus manos nace la memoria y se construye el futuro.”

 

La comunidad como escudo y sostén
A pesar de las dificultades, Tenancingo conserva algo profundamente valioso: la fuerza comunitaria como forma de protección, acompañamiento y esperanza.
Cuando no hay suficientes servicios, cuando el transporte es escaso, cuando algunas situaciones generan temor o incertidumbre, surge la comunidad: la vecina que acompaña, la comadre que escucha, la mujer que alerta, la joven que organiza, la lideresa que inspira. Allí donde las instituciones no siempre llegan, la comunidad ha aprendido a sostenerse con lo que tiene: la palabra, la solidaridad y la unión.

 

Por qué acompañamos a Tenancingo
Nuestro caminar en Tenancingo, nace del reconocimiento profundo hacia las mujeres que con sus manos, su intuición y su memoria, han sostenido la vida en este territorio. Llegamos no solo para acompañar, sino para escuchar el pulso de sus historias, aprender de sus formas de reconstruirse y dejarnos transformar por esa fuerza silenciosa con la que cuidan y resguardan a los suyos.


Nuestro acompañamiento en el territorio se orienta a:

  • Dar lugar a la palabra, para que las experiencias de las mujeres sean escuchadas, validadas y compartidas en espacios seguros y sororos.
  • Impulsar espacios de encuentro, apoyo y participación, donde las mujeres fortalezcan su tejido comunitario, compartan saberes y construyan propuestas que nazcan desde su realidad.
  • Acompañar procesos formativos y de crecimiento personal y colectivo, que permitan a las mujeres ampliar sus posibilidades, imaginar nuevos futuros y avanzar hacia vidas con mayor bienestar, autonomía y reconocimiento.
  • Tejer vínculos de confianza y acompañamiento cercano, para que las mujeres sepan que no están solas y que pueden contar con apoyo que respete los ritmos y la identidad del territorio.

Seguimos caminando de la mano, con la certeza de que cuando las mujeres se organizan, el futuro se transforma.

 

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