En El Salvador, la pobreza no solo se mide en ingresos. Se vive en los cuerpos, se administra en silencio y se hereda de generación en generación. Cuando se habla de feminización de la pobreza, no se está nombrando únicamente una mayor presencia de mujeres en los estratos más empobrecidos, sino una forma particular de vivir la precariedad, atravesada por mandatos culturales, desigualdades históricas y responsabilidades impuestas.
La pobreza que afecta a las mujeres tiene una dimensión profundamente sociocultural. Desde edades tempranas, muchas aprenden que cuidar, sostener y sacrificarse es parte de su rol. Esta expectativa social se traduce en una vida donde el bienestar propio suele quedar en último lugar, incluso cuando los recursos son escasos. En contextos de pobreza, esta lógica se intensifica: cuando no alcanza para todo, son las mujeres quienes comen menos, duermen menos y postergan más.
En miles de hogares, las mujeres son el eje que mantiene la vida en funcionamiento. Administran la escasez, hacen rendir el dinero, amortiguan las crisis y absorben los impactos económicos. Esta tarea, lejos de ser reconocida como una forma de trabajo complejo, suele asumirse como una “capacidad natural” femenina. Sin embargo, lo que hay detrás es una sobrecarga emocional, física y mental que se acumula con los años.
La feminización de la pobreza también se explica por la desigual distribución del tiempo y de la energía vital. Las mujeres pobres viven jornadas extensas que no siempre se pueden nombrar como trabajo, pero que desgastan de igual forma. El día no termina cuando se acaba una actividad productiva: continúa con cuidados, preocupaciones, planificación del día siguiente y resolución constante de carencias. El descanso se vuelve un lujo y el cuerpo empieza a pasar factura.
Este desgaste no es abstracto. Se expresa en dolores crónicos, cansancio permanente, ansiedad, problemas de salud no atendidos y una relación instrumental con el propio cuerpo, visto más como herramienta de supervivencia que como espacio de cuidado. En las mujeres más precarizadas, el cuerpo se convierte en el último recurso: aguanta, resiste y se adapta hasta donde puede.
Las renuncias son otra dimensión central de la feminización de la pobreza. Renunciar a estudiar, a formarse, a descansar, a enfermarse, a soñar. Muchas mujeres abandonan proyectos personales no porque no los deseen, sino porque no pueden permitírselos. La vida se organiza en torno a lo urgente, y el futuro se vuelve un horizonte difuso. Pensar a largo plazo es difícil cuando el presente exige todo.
Además, la pobreza femenina incrementa la dependencia económica y la vulnerabilidad. La falta de ingresos suficientes limita la capacidad de decisión y reduce los márgenes de libertad. En este contexto, salir de relaciones desiguales, denunciar violencias o rehusarse a someterse a condiciones abusivas se vuelve más difícil. La pobreza no solo restringe opciones materiales, también restringe posibilidades vitales.
Con frecuencia, estas realidades se explican erróneamente desde la responsabilidad individual: “no se esforzó”, “tomó malas decisiones”, “no supo administrar”. Esta narrativa invisibiliza las condiciones estructurales y culturales que empujan a las mujeres a sostener la pobreza con su trabajo invisible y su sacrificio cotidiano. La feminización de la pobreza no es un problema de elección, sino de desigualdad sistemática.
Entender este fenómeno desde todas sus esquinas, implica reconocer que combatir la pobreza femenina no se limita a mejorar ingresos. Requiere cuestionar los mandatos que asignan a las mujeres la obligación de sostener la vida a cualquier costo, redistribuir responsabilidades, garantizar protección social y reconocer el valor del cuidado.
Mientras la pobreza siga descansando mayoritariamente sobre los cuerpos de las mujeres, seguirá siendo una pobreza profundamente injusta. Nombrarla, comprenderla y visibilizar sus efectos es un paso necesario para construir respuestas que no sigan pidiendo sacrificios a quienes ya han dado demasiado.


